Decía que tenía el corazón alicatado hasta el techo, que a ver si no podía hacerle yo una cenefa a besos para llenar de porvenir los bolsillos del mandil y colgar un recuerdo de cada azulejo. Nada le da más asco que aguantar como un peñasco a que pase el invierno, que le diga que ya nos veremos[...]
La luna me sabe a poco

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